lunes, 7 de enero de 2008

Un mundo sin fin

Es obvio que el título de la continuación de Los pilares de la tierra se debe a su extensión. 1178 páginas de esta entrega y otras tantas de la anterior. Y deprisa y corriendo que me lo he tenido que leer para terminarlo antes del fin de las vacaciones (no me gusta embarcarme en semejantes novelones durante el curso porque me acaban quitando muchas horas de sueño).

Varios monjes se habían salvado por muy poco, lo que incitaba a hablar de milagros, y otros presentaban cortes y moretones producidos por las esquirlas desprendidas de las piedras. Los feligreses apenas habían sufrido unas pocas magulladuras. Por todo ello, era obvio que habían disfrutado de la protección sobrenatural de San Adolfo, cuyos huesos descansaban bajo el altar mayor, y entre cuyas obras se contaban numerosos casos de curación de enfermos y restablecimiento de desahuciados. No obstante, por consenso general, se concluyó que Dios había enviado un aviso a la gente de Kingsbridge, aunque todavía estaba por dilucidar de qué los estaba advirtiendo.

Pues por ahí va la novela. Mucho Dios castigador o salvador según el caso y el juez, mucha dialéctica escolástica para resolver cada conflicto (que está muy bien y viene muy a cuento, pero acaba pareciendo un tratado de derecho medieval) y, sobre todo, una rueda de la fortuna enloquecida (nótese el guiño al medievo en la imagen). Mareado acabé (los personajes ni te cuento) de tantos vaivenes de la rueda de la fortuna, de la opresión de los nobles, de intrigas palaciegas, de luchas del campesinado y de enredos burgueses para ascender socialmente... hasta la moria grande aparece, no una, sino dos veces. Tanto chanchullo me ha recordado (si se admite el paréntesis) al Ayto. de Salamanca. Las virtudes, que también las tiene, se apoyan sobre dos personajes, Merthin y Caris (esta última no sé si muy creíble para ser mujer en esta época) y la lograda y bastante respetuosa (hasta donde yo sé) recreación de la sociedad, costumbres y temores medievales. Ya digo, que si no fuera por ese afán por enredarlo todo tanto (que, por otra parte, es lo que la hace tan entretenida) sería un novelón con mayúsculas. Ahora que me acuerdo, lo mismo le critiqué a La sobra del viento (que no tiene nada que ver, pero a la que le pasa lo mismo y que también me encantó).

Y fíjate, no sabía yo, y me enteré leyendo los agradecimientos (que me los leo), de que existe al menos una agencia (Research for Writers) que se encarga del trabajo sucio de la escritura. Yo sabía que para eso están los secretarios y los ayudantes, pero no me había parado a pensar que se pudiera montar una agencia de este tipo. Lo que se aprende leyendo.

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1 comentario:

Teresa dijo...

No entiendo por qué dices lo de novelón, así como si fuera algo malo....

me quedan 200 pág. de placer antes de empezar las 1178 siguientes,a uqneu creoq ue voy a parar esta semana que me tengo que centrar!!!jiji