jueves, 16 de agosto de 2007

Por hablar

Cuando se estrenó Teresa, el cuerpo de Cristo, dirigida por Ray Loriga, la Santa Madre Iglesia protestó, no recuerdó exactamente por qué, pero protestó; y yo pensé (sin haber visto la película) que ya estaban otra vez como con la educación para la ciudadanía, el estatut y tantos otros asuntos: metiéndose donde no los llaman. Pero no, me muerdo la lengua y reconozco que esta vez coincidimos en el juicio: La peli es mala.

Dirigiendo Ray Loriga (quien sí me gusta escribiendo), no esperaba precisamente un documental histórico, pero de ahí a rodar lo que ha rodado hay un abismo. La primera parte, de risa. Las supuestas visiones y los primeros atisbos de santidad se representan con una estética a medio camino entre la estampita decimonónica y la iconografía gay que tiran bastante para atrás. La personalidad de la santa resulta, siendo generoso, poco creíble (de cilicios y flagelaciones nunca oí yo hablar, ni de deshonras preconventuales). La religiosidad de la época es presentada como una simple y superficial lucha de poderes en la que Teresa es la patata caliente que a todos asusta (por si la Inquisición). Las disputas religiosas (que si reformas, contrarreformas, erasmistas, luteranos...) son tratadas con demasiada superficialidad, y cuando Teresa funda su orden y por fin la cosa parecía empezar a tener cierta coherencia, se acaba la película. Sin ser un experto ni en la época, ni en Santa Teresa, la película me deja frío. Lo mejor, Eusebio Poncela, bastante contenido y no tan histriónico como otras veces.

Y por ahí me espera Tirante el Blanco, con el que me temo que me va a pasar tres cuartos de lo mismo.


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